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Del Eclesiastés |
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El Vanidad de vanidades, todo vanidad... Y la vanidad extrema concierta reuniones y movilizaciones a contrapelo de la realidad; de este tiempo de pensar... tiempo de actuar... tiempo de dejarse de joder. Vanidad en el poder nefasto que corrompe las bases del entendimiento cacareando teorías insostenibles y proyectos incumplibles en lo social y económico, torciendo - o intentando torcer - la simple vanidad del trabajo y el bienestar. Vanidad del que, cacerola en mano, supone una fuerza que no posee y que de poseerla, nada cambiaría. Vanidad del que denosta los motivos de los asambleístas, ensombreciendo una vocación de protesta siempre ejercida (¿O acaso no fueron de ´´esa´´ clase la mayoría de los 30.000 desaparecidos? ¿O acaso no conformaron ´´esos´´ el vanidoso sustrato comercial y profesional que sostuvo la economía del país por casi un siglo? ... y su ciencia... y su cultura) Vanidad siniestra de los que callan hechos, vanidad de los que publican mentiras. Vanidad de los que reniegan de la clase que los parió, ´´esa´´ que ya no aguanta más tanta insolencia. Vanidad al no escuchar atentamente que ´´la Argentina no contagia...´´. Nada pasó ni pasa en el mundo con nuestro drama. Señal que no importamos. Señal que todo queda puertas adentro, aún la deuda y su desastroso efecto (¿O alguien duda todavía que está casi toda en manos de cuervos locales?) Vanidad de exigir una ayuda que no vendrá y creer que con eso lo resolveríamos todo. Urgente vanidad de un tiempo de escarmiento, tiempo de reencuentro, tiempo de cambio. Tiempo de decidir si tendremos más de lo mismo o si podemos arrancar de cuajo el maldito tumor del contubernio y así forzar la remisión de la nefasta metástasis de corrupción. ¿Todo vanidad? Quizás. Daniel Migone
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