Una simple y dolorosa verdad
En los primeros días de enero el país entró en el tramo final de su lenta y agónica sangría, perdiendo la ficticia estabilidad monetaria y quebrando la no menos ficticia estabilidad moral y emocional y arrastrando al tacho la paz y la confianza de todos.
Cada sector, cada ramificación del espectro político, sea oficial u oficioso, cada grupo de poder, intentó poner en juego su impertinente necesidad de preeminencia, de potestad, de arrogancia, llevando hacia su molino las aguas del descontento general y de la verdadera necesidad de un cambio profundo.
No importa mucho si todos los gritos desordenados, las sentencias inoportunas o los discursos campechanos conllevan una propuesta que pueda ser institucionalizada como genérica y "sustentable" para el futuro desarrollo de la Nación. No importa nada.
Cada grupo, cada facción, cada sector "damnificado", pretendió atrapar para sí el total de las desgracias y convertirlas en emblema de sus reclamos, de su insistencia, de su desesperación, de su conveniencia.
Detrás, las madejas del poder que daña y resiente, se tejieron y destejieron a un ritmo frenético, haciendo caso omiso de penas, corrales y desgracias, desdibujando lo que tengan de profundo los verdaderos padecimientos de una población que - en su totalidad - soporta las oleadas de improvisaciones y componendas que se gestan en las alturas.
No sirven ya de nada los posibles "cacerolazos" ni los ánimos enardecidos ante cada sucursal bancaria. El paso a paso de una realidad que se hace cada vez más dura y oprimente, es inexorable.
No importa, inclusive, si los medios de comunicación han jugado un partido propio, disfrazando las magras noticias como una toma de posición que se hace, por lo menos, sospechosa de connivencia con los distintos sectores del poder que representan. Como la Corte Suprema, tampoco están limpios, ni son inocentes.
El estigma de una cultura del desapego, de una banalización de los temas fundamentales, del egoismo contrapuesto al interés común; son los ingredientes de la siniestra conspiración, de esa ensalada ideológica que se nos intenta hacer tragar.
Cuando el responsable de turno (irresponsable, debería decir) determinó la "muerte de las ideologías", promulgó, sin saberlo, el estado de caos y el "sálvese quien pueda" que sufrimos hoy.
No hay dinero, es cierto, pero además, no hay moral, no hay respeto y, sobre todo, no hay vocación de compromiso con los verdaderos, importantes y profundos padeceres que desde siempre afectan a nuestra nación.
Detrás de las marchas y contramarchas, del ahogo económico-financiero y del caos institucional, la gran ganadora de esta falta de ideologías es la mentira. La mentira llevada al extremo de la insolencia.
Insolencia del establishment que pretende hacer creer que de la solución de cada problema sectorial saldrá el maná salvador; insolencia de los medios de comunicación que a través de sus clarividentes papagayos pretenden hacer creer que está todo mal (o todo bién); insolencia de los cómplices tramontanos que, desde el extranjero, sacuden la cabeza tristemente, vetan ideas, presionan y cuchichean sin siquiera sonrojarse por su accionar quasi-delictivo; insolencia del gobierno y de las instituciones que pretenden convencer que el camino es duro pero que con los deberes bién hechos y un poco de ayuda, todo se va a resolver; insolencia, finalmente, de los que no entienden nada y no pueden absorber el hecho incontrovertible de que ya no hay regreso.
Esto se acabó. Esa es la verdad.
Y verdad es lo que más hace falta en este momento.
No hay plan que funcione sin verdad. No hay orden que se establezca sin verdad. No hay proyecto que funcione sin verdad. Sin verdad, no hay país, no hay nada.
Con "flexibilizaciones", "pesificaciones" y mentiras, están pateando el problema para adelante sin pensar que las futuras generaciones estarán igual de comprometidas e igual de "acorraladas" como lo estamos nosotros hoy.
Y la verdad, una simple y dolorosa verdad, es que otra vez nos han jodido.Daniel Migone
5/02/2002