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Qué pasó anoche?

Anoche hubo una fiesta. Una fiesta de cánticos y cacerolas, convertidas en sonoros bombos, gritos y sonrisas. Sobre todo sonrisas.

Las sonrisas de una templada alegría, de un sentimiento de verdadera potencia, de sana complicidad con el vecino (ese cercano desconocido que descubrimos que sufre y piensa como uno). Las sonrisas de un hartazgo compartido por miles que al fin se encuentran unidos.

Por fin. Por fin salió a la calle el país mudo; el país verdadero; el país que trabaja (aunque no cobre) y sufre la ineficiencia y la codicia de los malditos conocidos de siempre, que con tono grave y aire de doctores nos tratan de explicar lo inexplicable y no hacen otra cosa que cagarse en él (el país).

Yo también sonreí. Salté y canté; toqué bocina y grité en abierta solidaridad con todos.

Obviamente, no me solidarizo con los que aprovecharon la bolada y asaltaron mueblerías, comercios de electrodomésticos o desvastaron las instalaciones de algún almecén de barrio. Tampoco me solidarizo con el lloroso chino que mostró la TV amenazando con volar a tiros una garrafa; ni con el que mató a un saqueador e hirió a otro. Si soy solidario con el comerciante que pateando tristemente los restos de su destruído negocio atribuía su propio infortunio al desgobierno y la improvisación que se han convertido en causa y efecto de la desmesura. También me solidarizo con los vecinos que compraron, por monedas, los productos robados para devolverlos a ese mismo comerciante arruinado; y con la señora del piso de arriba que se asomó por un instante al balcón de su casa para gritar ´´Que se vayan´´ y volver a sus quehaceres; con un hombre de unos 40 años parado en medio de la Avenida del Libertador, frente a la casa de Cavallo que decía: ´´... me hinché las bolas... nunca fui a una manifestación en mi vida, pero esto es demasiado... No quiero que me sigan tomando de boludo...´´ y cantaba ´´... y al estado de sitio se lo meten en el culo...´´´; y con todos los miles de porteños, rosarinos, santafesinos, cordobeses, neuquinos, etc que sintieron que el estúpido discurso de De la Rua era demasiado y al instante de su final ´´... buenas noches´´ salieron a no permitir que el presidente y su gobierno pasasen una buena noche.

Nadie durmió. Unos pocos, perplejos, por intentar la continuidad de la soberbia y el maltrato malicioso que nos viene sumiendo en este caos infernal. Muchos más, para hacer oir su voz de hambre y hastío; par demostrar - a nuestro estilo - que los argentinos no somos idiotas ni mansos ni sumisos; que todo tiene un límite.

Sin embargo, a pesar de las sonrisas y el espontáneo encuentro del pueblo, se avecinan horas muy duras.

Hemos visto que podemos, que juntos y en paz tenemos la fuerza suficiente como para construir el país que queremos (a nuestro estilo, insisto). Pero ellos también pueden.

Pueden someternos por la fuerza (que es lo único que les queda, ya que no la razón), insertar provocaciones, justificar represión y violencia; desatar un conflicto que nadie, ni los saqueadores hambrientos, ni los vecinos sonrientes desean ni necesitan.

Si lo necesita ese poder inhumano que viene sumiendo al país - y al mundo entero - en el oprobio, la deshumanización, la esclavitud y la pobreza en pos de un enriquecimiento descontrolado y ofensivo. Y lo van a provocar...si se los deja.

Algo muy profundo cambió anoche, ayer. Quizás no importa mucho si ellos no lo perciben. Nosotros si lo percibimos. Claramente. Ahora sabemos.

Los argentinos estamos para algo más que para preguntar ´´ de qué se trata...´´. No necesitamos saber el título del tema, lo conocemos. Queremos que se trate de una vez por todas. No sea que las sonrisas se conviertan en muecas de odio y los dientes apretados y los puños crispados reemplacen el pacífico batir de cacerolas por otros utensilios que batan otros cuencos.

Daniel Migone
20-12-2001